15.4.06

Un intento brillante abocado al fracaso.

FRANCISCO BUSTELO | EL PAÍS | 14/04/2006

Lo sorprendente hubiera sido que la II República se hubiera desenvuelto en paz. España en 1931 se caracterizaba por ser un país sumamente conflictivo. Tenía un nivel económico bajo, una riqueza mal distribuida y mucha pobreza. Las tensiones sociales eran fortísimas y entre los desfavorecidos los afanes de cambio eran lógicamente grandes. Esos afanes ya habían comenzado a dejarse sentir desde principios del siglo XIX, pero en el primer tercio del siglo XX, ante las escasas mejoras, se intensificaron. Frente a ello, había un tradicionalismo no menos fuerte en instituciones y fuerzas políticas que se oponían tenazmente a todo cambio.

Esa resistencia al progreso, mayor que la registrada en otros países, se explica por la propia historia de España, cuando ya desde el siglo XIII, por mor de la Reconquista, predominó la nobleza con un régimen señorial que afianzaron los Reyes Católicos, cuando en el siglo XVI una Contrarreforma religiosa cerró al país en sí mismo, cuando una insuficiente Ilustración dejó en poca cosa los adelantos entrevistos en el siglo XVIII. Todo ello hizo que arraigaran hondo unos valores que eran muy poco propicios para hacer los dos grandes cambios de la edad contemporánea: la revolución industrial y la revolución burguesa.

Desde principios del siglo XIX hubo así en España conflicto, a veces abierto, otras soterrado, pero siempre presente, entre modernización y tradición. La inestabilidad política, con nueve Constituciones y 130 gobiernos en menos de cien años, el escaso desarrollo económico, los continuos intentos de recurrir a la fuerza, bien para avanzar, bien para impedir el avance, todo ello era una buena muestra de una sociedad desequilibrada. Baste recordar que palabras de uso internacional como pronunciamiento y guerrilla son creación española.

En 1931, con el cambio de régimen, los republicanos pensaron con razón que se presentaba una ocasión histórica única. Contaban con ilustres políticos, con el apoyo de una pléyade de brillantes intelectuales y con el respaldo de buena parte de la población. Pero, ¡ay!, cometieron un error que acabaría teniendo funestas consecuencias. La pacífica y rápida implantación de la República confundió a muchos. Creyeron que la derecha, entonces casi siempre extremosa, estaba definitivamente arrumbada. Nada más equivocado.

Esa derecha no quería república, democracia, laicismo, reforma agraria, mejoras sociales, nacionalidades. Su oposición era cerrada y su fuerza grande. Tanto fue así que acabó recurriendo a la sublevación militar, a la guerra civil y a una larga dictadura para evitar que se alcanzasen esos fines. Salvo la cuestión agraria, que el desarrollo económico de los años sesenta permitió resolver en lo principal, aunque fuera sin buscarlo expresamente, todo lo demás -libertad, aconfesionalidad, autonomías- todavía estaba pendiente cuarenta años después, a la muerte de Franco.

Es evidente que los culpables del retraso en la modernización de España fueron unas derechas políticas, sociales, económicas y religiosas que con gran cortedad de miras se oponían al cambio. Pero también es cierto que, en su enfrentamiento con ellas, las izquierdas no acertaron. Cuando tuvieron el poder no fueron capaces de neutralizar a sus enemigos ni tampoco intentaron, como mal menor, templar gaitas a la espera de que el tiempo jugara a su favor. Cuando las elecciones de 1933 demostraron que había una derecha poderosa, capaz de unirse y gobernar, parte de la izquierda se ofuscó y buscó una inútil y contraproducente vía violenta para intentar hacerse de nuevo con el poder, lo que se consiguió, en cambio, por la vía democrática en las elecciones de febrero de 1936. Entonces se repitió, agravado, el error de 1931, a saber, no prever la enemiga de parte del país.

¿Qué habría podido hacerse y no se hizo? Claro es que si la izquierda hubiese estado más unida, si hubiese gobernado con más firmeza y a la vez con más flexibilidad, si tanto en el Gobierno como en la oposición no hubiera permitido ni alentado el menor asomo de violencia entre sus partidarios por muchas que fueran las provocaciones, quizá el resultado habría sido otro. Pero ni siquiera ello es seguro. La desgraciada historia de nuestro país, de la que algunos están tan sorprendentemente orgullosos, hacía probablemente inevitable, tras un siglo largo de enfrentamientos, que estallara la traca final de la Guerra Civil. Su duración demostró que el país estaba muy dividido y que ambos bandos estaban equiparados en fuerza, decidiendo el resultado un Ejército mayormente rebelde y el auge de los fascismos en Europa.

En suma, ¿cómo se podría haber avanzado en los años treinta en la modernización del país sin provocar, primero crispación y, luego, una contienda fratricida, en unos tiempos en que España estaba tan necesitada de cambios como sobrada de ideas, personas e instituciones tozudamente opuestas a que se hicieran?

Tuvo que mediar mucha sangre, sudor y lágrimas y esperar hasta los años setenta para que la derecha se civilizara, la situación socioeconómica mejorara y la izquierda dejara de buscar atajos conflictivos para modernizar el país. A la luz de la historia, los 75 años transcurridos permiten decir que en la España de entonces la crispación fue inevitable en la República desde sus inicios. Hoy, por fortuna, no lo es. Quienes la fomentan son un anacronismo, que como tal acabará desapareciendo, cuanto antes mejor.

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